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Liderazgo de equipos de trabajo: habilidades directivas

Si cada persona es un mundo, cualquier equipo de trabajadores en un departamento de una empresa cualquiera es… toda una galaxia. El papel del directivo en la gestión de ese capital humano puede marcar la diferencia.

Un mal gestor puede generar equipos mal avenidos en los que los celos y las envidias lastren la productividad; la clave del éxito -personal y profesional- está en aprovechar las potencialidades de cada trabajador y obviar sus defectos. Y tranquila: para esto no hacen falta masters ni cursos de postgrado, sino sentido común y humanidad.
¿Condenados a entenderse o contentos de trabajar en equipo? Es cuestión de punto de vista y de actitud personal. Si el directivo considera a sus trabajadores como meros peones difíciles de manejar, incapaces de ejecutar adecuadamente las órdenes y nulos para trabajar codo con codo con sus compañeros, posiblemente su departamento se irá a pique… juntamente con su ánimo y su iniciativa. Y posiblemente pensará que sin culpa suya.

Esa actitud, sin embargo, es falsa: independientemente de que es cierto que hay elementos irreductibles, y personas a las que se puede sacar escaso jugo, en la mayoría de los casos la responsabilidad por no haber hecho que un departamento produzca es del jefe. Y como el jefe no es capaz de hacerlo todo por sí mismo, hará falta la colaboración de otros: delegar es la palabra mágica.
Desde la antigüedad clásica (ahora tan de moda con el best-seller “Más Platón y menos Prozac”) la sabiduría popular y el sentido común nos han hecho asumir que el hombre es un ser social: los robinsones simplemente sobreviven, y si no que se lo cuenten al Tom Hanks de Náufrago. Más modernamente, el filósofo Ricardo Yepes nos recordaba en su ¿Quién es el hombre? que las relaciones entre hombres son un juego de suma positiva: lo que varias personas consiguen juntas es más que la suma de lo que conseguirían trabajando individualmente y por separado.
Toma nota. Se trata, por tanto, de aprovechar las potencialidades de cada sujeto y relegar al fondo del cajón de los expedientes archivados, los inevitables defectos y puntos flacos. El sistema de bronca continua y reprimenda sistemática acaba agriando los ánimos y predisponiendo a los equipos contra el jefe: así sólo conseguirá crear un mar de fondo de resquemores e incomodidad, que hará imposible que los trabajadores se esfuercen por el bien de la empresa. Mejor es apoyarse en lo positivo.
Si tu secretaria es desordenada, facilítale una buena agenda y encauza su buena voluntad. Si uno de los componentes de tu equipo es incapaz de poner los pies en la tierra, encárgale tareas más generales. Si un comercial es ideal para el trato con el público pero nulo para la gestión, no le ofrezcas puestos de coordinación sino manténlo donde está. Y así con todo. Lo contrario es remar contracorriente, una actitud que no se puede mantener por mucho tiempo sin llegar al agotamiento total.
Creando una atmósfera adecuada
Fomenta el respeto mutuo entre tu equipo: no se trata de promocionar el compadreo sino de crear una atmósfera en la que cada uno se sienta valorado en sus virtudes y corregido sin acritud por sus errores. 
Una advertencia dicha a tiempo, con autoridad pero con buenas palabras, cala en el ánimo del empleado más recalcitrante. Una continuidad sin respiro de malas caras hará huir a los mejores, y te dejará rodeada únicamente de los que no tienen ningún sitio mejor a donde ir.
Las buenas maneras son un ingrediente de calor humano que pueden hacer que la frialdad de una oficina se transforme en un ambiente agradable para trabajar y rendir. Los clientes también percibirán -se nota en el ambiente- que se les atiende de forma personal, no automatizada: que la persona que atiende el teléfono no lo haga de tal manera que pueda intercambiarse por un contestador automático sin pérdida de humanidad. 
Tienes que ser la primera en tratar a todos con corrección: sin licencias impropias de tu posición, pero sin situarte en la torre de marfil del engreído. Y eso, por muy importante que sea tu posición con respecto a sus subordinados: recuerda que son tus pies y tus manos a la hora de concretar las líneas de actuación que se marcan desde arriba.
Evita los objetivos imposibles
Por supuesto, el respeto y el buen ambiente no están reñidos con la exigencia: en la acometida de las tareas y en los resultados esperados. 
Intenta ser racional a la hora de señalar metas, adecuándolas a las circunstancias de personas, tiempo y lugar: unos objetivos inalcanzables desalientan al más pintado. Pero antes de exigir a los demás, exígete a ti misma: el mejor jefe es el que es capaz de hacer -y lo hace si se presenta la ocasión o la necesidad- todo lo que hacen sus subordinados.
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