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Discusiones de pareja: crisis, problemas y consejos.

Discusiones de pareja: crisis, problemas y consejos.

La educación de los hijos, el dinero, el fútbol, la limpieza del hogar, … Sólo un 18% de los hispanos afirman no discutir nunca con su pareja, aunque a veces el silencio puede ser signo del fin de una relación. Según los psicológos, las disputas controladas pueden ser un seguro de vida en las parejas.

El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, aseguraba que “la civilización surgió cuando el hombre dejó de tirar piedras y lanzó el primer insulto“. Y debía tener razón, porque hoy en día sólo un 18% de las parejas no incluyen las discusiones en su comunicación.

Los expertos confirman la utilidad social de las peleas: por un lado son una vía de escape en la convivencia, y por otro, pueden ser una señal de que esa pelea oculta un verdadero problema de fondo que puede llegar a acabar con la relación. “Lo que hay que tener claro”, explica Ángeles Sanz, psicóloga clínica y especialista en terapia de pareja del grupo CINTECO “es cuándo se discute para conseguir un acuerdo algo positivo; o cuándo no se busca solución”. La diferencia depende de la forma en que actuemos:

Pelea constructiva.

Es la más eficaz si quieres que se acepten tus peticiones.

Debes utilizar un lenguaje directo para exponer los argumentos (“Me encantaría ir este verano a la playa”).

Pelea destructiva.

Normalmente sigue tres pautas: la utilización de terceras personas para conseguir el fin (“A los niños les vendría muy bien ir a la playa”), la crítica constante (“No quieres ir nunca a la playa”), o el chantaje (“Si no vamos a la playa, no te vuelvo a acompañar al fútbol”).

La primera consecuencia es el rechazo sistemático de lo que se pide, la segunda es la bronca segura. Además, en el caso de que en las peleas se involucre a los hijos, el resultado es especialmente nefasto, porque tal y como explica la directora del centro de resolución de conflictos APSIDE, Trinidad Bernal, “cuando peleamos no controlamos las emociones y herimos a los seres queridos, en este caso a los hijos, que son los más vulnerables”.

La suegra y los niños

La forma de comunicarse en la pareja es uno de los factores que más peleas provoca. En ocasiones, somos incapaces de hacer entender a nuestro compañero lo que necesitamos, y simplemente se lo exigimos: “estamos utilizando un idioma distinto”, comenta Ángeles Sanz. Pese a todo, casi todas las disputas conyugales se originan, según los expertos, en torno a estas áreas:

  • Dinero. Las parejas no se suelen poner de acuerdo sobre las prioridades que tienen a la hora de emplear los ahorros. Por ejemplo, es frecuente que ellos prefieran invertirlos en un coche y ellas en unas vacaciones. De hecho, tal y como refleja una encuesta realizada por la empresa de sondeos Iope Test para Quo, casi el 13% de las parejas españolas se enfadan por motivos económicos.
  • Familia política. Muy pocas veces, a los familiares políticos se les trata de igual forma que a los padres naturales, por lo que criticarlos es en realidad un ataque velado pero directo a la propia pareja.
  • Ocio. Ocurre cuando uno de los dos trabaja fuera del hogar, ya que preferirá a menudo descansar el fin de semana en casa, justo lo contrario que su pareja.
  • Hijos. Los errores que cometen se suelen achacar a la educación más o menos permisiva que “el otro” tiene con ellos. Nada menos que el 26% de las familias españolas pelea por el comportamiento de los hijos; es más, desde los 30 hasta pasados los 65 años es el principal motivo de conflicto.

El fin del amor

La evolución de las peleas en los humanos suele cumplir ciertas normas. Es fácil observar cómo los niños discuten con sus compañeros para reivindicar su territorio o su propiedad: (“Ese niño me ha quitado mi balón” o “Mamá me quiere más a mí”).

“Las parejas adultas siempre discuten por lo mismo: yo quiero algo que tú no me das“, explica Angeles Sanz, “pero no está claro que exista una época común en la que empiecen las disputas conyugales“.

También parece comprobado que las parejas que aseguran no pelear habitualmente, no son más sólidas que las que sí lo hacen. “Todo se basa en un problema de mala comunicación; los que tienen una comunicación por exceso, pelean, y los que tienen una total ausencia de ella, caen en el silencio lo que acabará con su relación“, afirma Trinidad Bernal.

El hecho de que, tal y como refleja la encuesta de Iope Test, el 18% de las parejas no discutan, algo que no tiene por qué ser positivo.

Peleas en público

Pero no todas las peleas de pareja son iguales, de ahí que no deban interpretarse de la misma manera. Los expertos creen que, a medida que la relación se deteriora, se suele perder la noción de la situación y se comienza a pelear en lugares públicos.

Hay personas que viven sus peleas como si estuvieran representando un espectáculo. Necesitan actuar para demostrar a su pareja que están muy enfadadas. Otros eligen discutir delante de terceras personas, sobre todo amigos, esperando que estos ejerzan como jueces y dictaminen quién de los dos tiene la razón.

También existen parejas que parecen estar siempre al borde de la ruptura: necesitan pelear para que su relación funcione, como nexo de atracción que utilizan para revivir su sexualidad. Las parejas que optan por resolver los conflictos de esta manera suelen ser bastante viscerales, cargan sus relaciones sexuales de emociones e incluso dan salida a otros problemas a través del sexo. “En principio, esto no es malo siempre y cuando los dos estén dispuestos a utilizar esta misma fórmula“, explica Trinidad Bernal, “aunque normalmente es sólo un miembro de la pareja el que toma esta opción y acaba por obligar al otro“.

Otras parejas discuten por el placer que les supone la reconciliación posterior. Como una variante de masoquismo, no les importa sufrir si saben que habrá una gratificante recompensa, como por ejemplo una dosis extra de cariño.

Cuando no hay solución

La estabilidad de una pareja empieza a tambalearse cuando sus peleas cumplen, más o menos, las siguientes características:

  • Exigencias. Se empieza exigiendo a la pareja concesiones que no está dispuesta a dar, y se le menosprecia si no accede a ellas. Primero se le sugiere (“Me gustaría tener un abrigo de visón”), después se hace una comparación (“Mi hermana tiene un abrigo de visón”), y por último, se pasa a la crítica (“Te gastas todo el dinero en ti”).
  • Negación. La primera reacción a las exigencias de la pareja es la negación, porque si aceptase supondría perder la batalla. Luego acaba cediendo, para evitar tener todos los días la misma discusión.
  • Imposición. Llegados a este punto la solución es complicada: el miembro de la pareja que inicia la pelea sabe cómo conseguir doblegar al otro, y a partir de este momento, en vez de recurrir a la sugerencia que sería el primer paso lógico, le exige lo que quiere directamente. “Cuando se llega a esta situación, el deterioro de la relación es notorio”, asegura Ángeles Sanz.

La callada por respuesta

La agresión no tiene por qué ser siempre verbal y activa. En los últimos años se ha notado un incremento de las agresiones pasivas, sobre todo protagonizadas por mujeres. “Consiste en hacer caso omiso a lo que tu pareja te cuenta para ir minando su paciencia sólo con la indiferencia y el desprestigio”, explica Ángeles Sanz.

Por regla general, los varones son más impulsivos y algunos pueden pasar más fácilmente que las mujeres de una pelea verbal a los daños físicos. Según datos del Ministerio del Interior, solamente durante el año pasado, unas 16.000 mujeres españolas tuvieron que ser atendidas a consecuencia de malos tratos físicos o psíquicos a los que les sometieron sus parejas. Sin embargo, aunque según opinan los psicólogos, no existe una clara relación causa efecto entre las peleas conyugales y los malos tratos, “sí hay un agravante en las personas que de pequeñas han sufrido malos tratos”, comenta Bernal, “ya que, en su caso, un ambiente continuo de pelea puede degenerar en violencia”.

Verde, amarillo y rojo

Las peleas funcionan igual que un semáforo

Asegura Ángeles Sanz, “si aprendes a tener precaución con el ámbar es que estás frenando a tiempo“. En el momento en el que nos ha molestado algo, lo mejor es comprobar si nuestra luz está en rojo, en ámbar o en verde. Sólo este último color permitirá solucionar las cosas; saltárselo en rojo implica el riesgo de estrellarse.

Pero lo más importante de todo es pensar en las consecuencias de una discusión y la peor de todas es que, en el tiempo necesario para que se produzca la reconciliación, la pareja se va enfriando y queda expuesta a cualquier interferencia.

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